Mundo ficciónIniciar sesión~Rowan~
El agua helada golpeaba mis hombros con la fuerza de mil agujas, pero ni siquiera ese choque térmico lograba despejar la bruma de mi cabeza. Apoyé ambas manos contra los azulejos y dejé que el chorro me empapara la cara, soltando un gruñido de pura frustración. No había pegado el ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, la voz del abogado resonaba en mi mente: «cláusula de descendencia». ¿Un hijo? ¿Con ella? La sola idea me revolvía las entrañas. No es que fuera un puritano, pero la idea de mezclar mi sangre con la de esa muerta de hambre, con esa chiquilla sarrapastrosa que olía a jabón barato y a campo, me parecía la humillación definitiva. Mi abuelo se había vuelto loco, no había otra explicación. Me estaba obligando a engendrar un heredero con una mujer que no estaba a mi altura, solo para asegurar que su preciada empresa no terminara en manos de mi primo cuando podía hacer las cosas mucho más fáciles. Salí de la ducha con los músculos tensos, sin molestarme en buscar una bata. Me pasé una toalla pequeña por el cabello, restregándolo con violencia, y crucé el umbral del baño hacia mi habitación, confiado en mi absoluta privacidad. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que al bajar la toalla de mi rostro me encontraría con un par de ojos grises fijos en mí. Ivette estaba allí, de pie en medio de mi cuarto, como si tuviera algún derecho a invadir mi espacio personal. Me quedé helado por un segundo, expuesto como Dios me trajo al mundo, viendo cómo su rostro pasaba de un tono pálido a un rojo carmesí en cuestión de segundos. —¡Que te tapes! —¿Que me tape? ¡Tú eres la que ha entrado sin permiso! —agarré una sábana de la cama y me la enrollé a la cintura con movimientos bruscos—. ¡Lárgate ahora mismo! —¡He tocado y no respondías! —gritó ella, ahora dándome la espalda con los hombros temblando de puro nerviosismo—. Quería hablar contigo... vine para... para que hablemos como personas civilizadas. Terminé de ajustar la sábana y caminé hacia ella con paso pesado. La sola visión de su vestido de flores me irritaba los nervios. ¿Civilizada? ¿Ella? —No tenemos nada de qué hablar, lavandera —escupí, acercándome lo suficiente para notar que su respiración se entrecortaba—. Ya firmaste. Ya tienes lo que querías, ¿no? Un año de lujos asegurados a costa del favoritismo de mi abuelo. Ivette se dio la vuelta lentamente, todavía con las mejillas encendidas, pero con una chispa de determinación en la mirada que no me gustó nada. —Mira, no estoy aquí para pelear —dijo, intentando mantener la voz firme—. Sé que esto no es lo que ninguno quería, especialmente lo del... lo del bebé. Pero vamos a estar casados un año, Rowan. Vine a proponer una tregua. Hagamos las paces, pongamos reglas. Si vamos a vivir bajo el mismo techo, es mejor que intentemos llevarnos bien, por el bien de ambos. Solté una risa irónica que la hizo retroceder un paso. —¿Hacer las paces? —me burlé—. ¿Tregua contigo? ¿Crees que soy estúpido? Sé perfectamente cuál es tu juego. Eres una gata interesada que seguramente se metía en la cama de mi abuelo para asegurar su futuro, y como él ya está viejo, decidiste que yo era una presa mejor. —¡No vuelvas a decir eso! —exclamó ella, pero no la dejé terminar. En un movimiento rápido, la atrapé por los hombros y la estampé contra la puerta de madera. Ivette soltó un jadeo de sorpresa cuando mi cuerpo la dejó sin espacio para escapar. Le sujeté el mentón con fuerza, obligándola a mirarme a los ojos, sintiendo su pulso acelerado bajo mis dedos. —Escúchame bien, campesina —le susurré al oído con una frialdad que la hizo estremecer—. No tengo la más mínima intención de llevarme bien contigo. No va a haber treguas, ni reglas amables, ni nada de esas estupideces. Mi abuelo me obligó a casarme, pero no me obligó a ser amable. Mi único objetivo es recuperar mi empresa, y si para eso tengo que soportar tu presencia, lo haré, pero te aseguro que te voy a hacer la vida imposible. Cada día que pases a mi lado, vas a desear no haber nacido. Te voy a tratar como lo que eres: un molesto trámite. Sus ojos se llenaron de una rabia líquida. Por un momento pensé que iba a llorar, pero en lugar de eso, me empujó con una fuerza que me tomó desprevenido. —¡Eres un miserable! —escupió, limpiándose el mentón donde yo la había sujetado—. He venido aquí con la mejor intención del mundo para que este año no fuera un infierno, pero ya veo que es imposible razonar con alguien tan podrido por dentro. Yo también lo intenté, Rowan. Pero no me hago responsable de lo que pase a partir de ahora. Si quieres guerra, la vas a tener imbécil. Salió de la habitación dando un portazo que hizo vibrar los cuadros de las paredes. Me quedé solo, con el pecho subiendo y bajando por la adrenalina. Me daba igual su rabia y me daban igual sus baratas amenazas. No era más que una molestia temporal. Me vestí rápidamente, tratando de sacudirme la sensación de su piel contra la mía. Estaba terminando de abotonarme la camisa cuando mi teléfono, sobre la mesa de noche, empezó a vibrar con insistencia. Era un número desconocido. No tenía ganas de lidiar con nadie, pero el teléfono no dejaba de sonar. Finalmente, la llamada cesó, solo para ser reemplazada inmediatamente por la notificación de un mensaje. «Rowan, sé que no quieres hablar conmigo, pero esto es urgente. Tienes que ver esto». Era Margoth. Mi ex. La mujer por la que casi pierdo la cabeza y la razón por la que mi abuelo quería atarme la vida con otra mujer. Rodé los ojos, dispuesto a borrar el mensaje, cuando llegó un segundo archivo. Era una imagen. Fruncí el ceño y abrí la fotografía. Mi corazón, que ya latía con fuerza por la discusión con Ivette, pareció detenerse por completo. Era una ecografía. Debajo llegó un texto breve. «Estoy embarazada, Rowan. Es tuyo. Tenemos que hablar sobre esto». Me desplomé en la cama, sintiendo que el mundo se me venía abajo. Tenía un contrato firmado para tener un hijo con una lavandera a la que odiaba, y ahora, la mujer que me había destrozado el corazón estaba cargando a mi verdadero heredero. El infierno no iba a durar un año. El infierno acababa de empezar esa misma mañana. Mi abuelo iba a matarme.






