38. Conmigo nadie se mete
~Ivette~
Entre más le daba vueltas al asunto, más me hervía la sangre. No iba a esperar a mañana para que todo el mundo se desayunara con el cuento de que yo era una trepadora. Con lo que me costó aguantar los tacones y el vestido ajustado como para que todo se fuera al carajo por culpa de una despechada... eso sí que no.
Me planté frente a la puerta del despacho del señor y di tres golpes. No entré de una vez porque Flor ya me había advertido que ese lugar era sagrado para mi suegro.
—¿Quién?