18. Mesa de lobos
~Ivette~
Mi suegra se puso roja como un tomate en cuanto solté mi respuesta. Si las miradas mataran, yo ya estaría en un ataúd bien enterrada; esa mujer me odiaba hasta la médula y no hacía ni el esfuerzo por disimularlo.
—Tú, maldita insolente, vuelve a tu lugar ahora mismo —masculló la señora, apretando los cubiertos como si quisiera clavármelos—. ¿Dónde está tu uniforme? Creo habértelo dejado muy claro: tus obligaciones están en el área de servicio, no aquí.
—Ese uniforme está donde debe es