Heriberto ya estaba en sobre aviso, solo esperaba la hora que lo llamarán para decirle que tenían ese preciado objeto en sus manos, que usaría a su antojo, ganando un sin fin de cosas aunque fuera por las malas.
Su despacho estaba blanco de todo el humo que salía de su tabaco, junto a sus risas que hacía ver el lugar como un cuarto de terror.
A él no le importaba la vida de nadie y mucho menos si se interponía en sus planes de seguir obteniendo dinero aunque no lo necesitara.
La persecución