—Hemos llegado… —la voz de Sandro la sacó de su adormecimiento un rato después. Ella se estiró voluptuosamente antes de incorporarse para observar su entorno. El coche ya estaba aparcado en el camino de entrada de una enorme casa. El lugar hacía que su propia casa, que no era modesta, pareciera una casita de jardín. Había otros cinco coches deportivos elegantes y caros aparcados en la entrada y todas las luces, tanto del interior como del exterior de la casa, parecían estar encendidas.
Theresa