Mundo ficciónIniciar sesiónEn el momento en que Alessia entró en el coche, se dio cuenta de que la parte más difícil de la noche no había sido pedirle a Darius que volviera a casa. Era estar sentada a su lado ahora. La distancia entre ellos apenas era de unos centímetros y, sin embargo, se sentía como toda una vida.
Darius estaba sentado a su lado, con una mano apoyada en el reposabrazos mientras miraba por la ventana. Las luces de la ciudad se deslizaban por su rostro mientras el coche avanzaba por las calles tranquilas.
Alessia mantenía las manos cruzadas sobre su bolso.
Había imaginado ese momento tantas veces. Había imaginado a Darius llevándola a casa después de cenar, imaginado que hablaban de su día, imaginado apoyarse en su hombro mientras él se quejaba del trabajo. Había imaginado un matrimonio.
En cambio, había recibido un contrato.
Su teléfono vibró dentro del bolso.
Alessia lo sacó y miró la pantalla.
Era un mensaje de la asistente de su abuelo.
El informe de la asociación europea necesita su aprobación antes de la reunión del jueves. El señor Moreau también quiere que revise los documentos de la división de investigación.
Alessia suspiró suavemente y bloqueó la pantalla.
Incluso después de diez meses de matrimonio, su vida no había dejado de girar alrededor de sus propias responsabilidades. Desde que terminó sus estudios, había trabajado junto a su abuelo en Moreau Medical Group y, poco a poco, él le había entregado responsabilidades dentro de la empresa. No era simplemente su nieta. Era la persona que había estado preparando durante años para ocupar su lugar algún día.
Darius notó el movimiento.
"¿Todavía estás trabajando?"
Alessia guardó el teléfono.
"Algunas cosas no pueden esperar."
"Pensé que después de casarte tendrías menos responsabilidades."
Ella lo miró.
"No me casé para dejar de trabajar."
La respuesta salió tranquila, sin reproche.
Darius volvió la mirada hacia la ventana.
Alessia no añadió nada. No tenía sentido explicarle que su abuelo había confiado en ella desde que era joven, ni que había trabajado durante años para demostrar que merecía algún día dirigir Moreau Medical Group.
Aquella parte de su vida le pertenecía.
Darius tenía su empresa.
Ella tenía la suya.
Tal vez eso era lo único que ambos habían hecho bien.
"¿Estás cómoda?" preguntó Darius de pronto.
Ella se giró hacia él.
"Sí."
"Has estado callada."
Alessia sonrió.
"Solo estoy pensando."
"¿En qué?"
Miró por la ventana.
"Qué extraño es estar sentada al lado de mi marido después de diez meses."
La mandíbula de Darius se tensó.
"Alessia..."
"Lo sé", dijo ella con suavidad. "No somos una pareja casada normal."
No había amargura en su voz.
De algún modo, eso lo hizo sentir peor.
El coche siguió avanzando por la noche. Unos minutos después, la lluvia empezó a golpear las ventanas. Alessia observó las gotas deslizarse por el cristal y algo en aquel sonido la arrastró a un recuerdo que había pasado años intentando no revisitar.
Su compromiso.
Tres años antes.
Estaba de pie en el estudio de su abuelo cuando las dos familias anunciaron su decisión. El presidente Moreau había sonreído con orgullo.
"Después de todo lo que nuestras familias han construido juntas, no hay mejor manera de fortalecer la alianza que a través de la siguiente generación."
Alessia entendió de inmediato a qué se refería.
El corazón empezó a latirle con fuerza.
Darius, sin embargo, parecía furioso.
"No pueden estar hablando en serio."
Su abuelo permaneció calmado.
"Lo digo completamente en serio."
"No me casaré con alguien porque ustedes hicieron una promesa cuando éramos niños."
Alessia había bajado los ojos.
Recordaba aquel momento con claridad.
Todo el mundo miraba a Darius. Nadie había notado cómo le temblaban los dedos bajo la mesa.
Porque ella ya lo amaba.
Lo había amado mucho antes de que alguien mencionara el matrimonio.
Recordaba observarlo en las reuniones familiares cuando eran más jóvenes. Siempre había parecido distante y serio, pero ella notaba cosas que otras personas no veían.
Una vez se había quedado después de un evento benéfico para ayudar a una empleada anciana a cargar unas cajas. En otra ocasión había entregado su abrigo a un niño que temblaba de frío fuera de la finca familiar.
Aquellos pequeños momentos habían sido suficientes para que la joven Alessia construyera todo un futuro en su mente.
Había creído que algún día él la miraría y vería lo que ella veía en él.
Se había equivocado.
"Alessia."
La voz de Darius la devolvió al presente.
Parpadeó.
"Perdón."
"¿Te has dormido?"
"No. Solo estaba recordando algo."
Él la miró.
"¿Qué?"
Ella sonrió levemente.
"Nuestro compromiso."
Su expresión se volvió inmediatamente más fría.
"Lo recuerdo."
"Recordé que lo odiabas."
"Odiaba que me obligaran a ello."
Ella asintió.
"Lo sé."
La lluvia se intensificó.
Darius volvió a prestar atención al parabrisas.
"Después de que mi abuelo dejara claro que rechazar el matrimonio me costaría Kensington Global, acepté."
Alessia lo miró.
"Y yo pensé que eso significaba que tal vez eventualmente me aceptarías."
Darius no dijo nada.
Ella apartó la mirada.
El recuerdo continuó.
Su día de boda había sido hermoso. Flores cubrían la finca Moreau. Sus familias habían invitado a cientos de invitados. Las cámaras destellaban mientras intercambiaban anillos.
Todo el mundo sonreía.
Todos excepto Darius.
Alessia había pasado toda la ceremonia intentando no notarlo.
Había fracasado.
Aquella noche, después de que se fueran los invitados, se había sentado sola en su habitación todavía vestida con el traje de novia.
Recordaba haber oído cómo se abría la puerta.
Darius había entrado llevando una carpeta negra.
La colocó sobre la mesa.
"¿Qué es eso?", había preguntado ella.
"Nuestro acuerdo."
Lo había abierto.
El título estaba impreso en la primera página.
Acuerdo matrimonial.
Su sonrisa había desaparecido poco a poco.
Darius se había quedado de pie frente a ella.
"Este matrimonio durará un año."
Ella levantó la vista.
"¿Un año?"
"Después de eso, nos divorciamos."
Lo había mirado fijamente.
"¿Por qué?"
"Porque eso es lo que acordamos."
"Yo no acordé esto."
"Lo acordaste cuando te casaste conmigo."
Sus dedos se apretaron alrededor del papel.
Luego vinieron las reglas.
Ninguno de los dos interferiría en la vida privada del otro.
Ninguno exigiría amor ni compromiso emocional al otro.
No habría hijos.
Y después de doce meses, el matrimonio terminaría.
Alessia recordaba haberlo mirado aquella noche.
"¿De verdad quieres esto?"
"Sí."
"¿Y si las cosas cambian?"
"No cambiarán."
"¿Y si me enamoro de ti?"
Darius la había mirado durante varios segundos.
Luego había dicho las palabras que se quedaron con ella durante años.
"Entonces tendrás que lidiar con ello tú misma."
Su corazón se había roto en silencio.
Y, sin embargo, firmó.
Porque alguna parte ingenua de ella creía que las personas podían cambiar.
El recuerdo se desvaneció cuando el coche aminoró la marcha.
Alessia miró a través del parabrisas.
Delante estaba Kensington Manor.
Las puertas se abrieron.
Observó la mansión mientras el coche entraba en el camino de entrada.
Durante diez meses había vivido allí casi sola.
Había comido en la larga mesa del comedor sola.
Había celebrado cumpleaños sola.
Había trabajado hasta altas horas de la noche en los informes de Moreau Medical Group y había regresado a una casa vacía.
Había esperado durante incontables noches, escuchando un coche que nunca llegaba.
Esta noche, aquel coche por fin había llegado.
Darius aparcó.
Ninguno de los dos se movió de inmediato.
Él apagó el motor.
"Hemos llegado."
Alessia asintió.
"Lo sé."
Darius bajó primero. Rodeó el coche y le abrió la puerta.
Alessia miró la mano que él le tendía.
Era un gesto tan pequeño.
Algo que cualquier marido podría hacer por su esposa.
Y, sin embargo, para ella se sentía enorme.
Colocó su mano en la de él.
Darius la ayudó a bajar.
Durante un breve instante, ninguno de los dos soltó.
Luego Darius la liberó.
"Entra."
Alessia lo siguió hacia la mansión.
Las puertas se abrieron.
La señora Bennett, que había estado esperando dentro, se quedó paralizada al verlos.
Sus ojos se abrieron de par en par.
"¿Señor Kensington?"
Darius asintió brevemente.
"Buenas noches."
La señora Bennett miró a Alessia y luego de nuevo a Darius.
"Buenas noches, señor."
Darius entró.
Alessia lo siguió.
Pero justo antes de cruzar el umbral, miró hacia atrás, hacia el camino oscuro.
Algo dentro de ella le decía que nunca volvería a ver aquel lugar de la misma manera.
No sabía si aquella sensación era esperanza o una advertencia.
Entonces la puerta se cerró detrás de ella.
Y, por primera vez en diez meses, Darius Kensington había llevado a su esposa a casa.







