—Margaret, hija ¿Qué verdad? —la mujer preguntó nerviosa.
Margaret miraba fijamente a su madre mientras terminaba de escuchar su propia voz relatar lo ocurrido con Ernesto. Cada palabra que pronunciaba parecía arrancarle un trozo de aire del pecho, como si revivir la confrontación fuera casi tan doloroso como haberla vivido. Cuando terminó, el silencio se instaló entre ambas, acusando directamente a Mérida de guardar un cruel secreto.
Su madre cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, te