Elara se deslizó de la cama y cruzó hasta la puerta donde Julian estaba de pie.
—Viniste. —Mantuvo la voz cálida, cuidadosa—. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
—Maya me lo dijo. —Sus ojos pasaron más allá de ella hacia la cama, hacia Daniel, hacia Victor sentado en el borde—. Vine a ver cómo estaba.
—Está bien ahora. Está mucho mejor. —Tocó ligeramente el brazo de Julian—. Gracias por venir.
—¿Qué está haciendo él aquí?
La pregunta salió fría y plana. No alta —Julian nunca era alto— pero con un