Antes de que Elara pudiera responder, Alaric subió lentamente las escaleras.
—¿Qué está pasando, mis hijos? —preguntó con suavidad—. ¿Están discutiendo? No es bueno que sigan así…
Elara se estremeció. En ese momento, no quería nada más que estrangular a Victor, pero en cambio, forzó una sonrisa en su rostro.
—No, Padre… no estábamos discutiendo. Lo malinterpretó.
—¿De verdad? —preguntó el anciano, sin estar completamente convencido.
—Sí —insistió ella—. Lo entendió todo mal.
Alaric se acercó, o