Elara caminaba de un lado a otro por el pasillo del hospital como un animal atrapado, los tacones golpeando el suelo pulido en un ritmo frenético. Su vestido, blanco esa mañana y ahora manchado de un rojo profundo, se pegaba a su cuerpo mientras presionaba el teléfono contra su oído por segunda vez.
Contesta. Por favor, contesta.
—¿Dónde estás? —respiró apenas cuando la línea se conectó—. Victor, mi padre está en el hospital. ¡Ven rápido, por favor! —Su voz se quebró en la última palabra, mient