—Eres un imbécil Enrico Dumas, jamás te habría dejado tocarme de saberlo y nunca, escúchame bien, nunca me habría enamorado de ti de la forma en que lo hice, espero que haya sido divertido para ti el haber seducido a la prometida de tu hijo. —Tras decir aquello le soltó la corbata y se giró para volver a las escaleras y marcharse de allí.
Enrico no se esperaba que ella lo tomara de su corbata, de alguna manera, la intimidad que le daba la oscuridad de la terraza impedía que ella pudiera ver los