Mia siempre había creído que desear algo con demasiada intensidad era peligroso. Dejaba huellas en el alma que ni el tiempo ni la distancia podían borrar.
Esa noche, esas huellas ardían.
Se encontraba de pie en la puerta de la pequeña cocina de su apartamento, con los brazos cruzados bajo los pechos, observando a Daniel moverse como si perteneciera allí. Y técnicamente lo hacía. Los privilegios de ser mejores amigos incluían acceso 24/7, salidas de emergencia por helado