El ascensor dio otra sacudida —una, dos veces—, como una bestia despertando de un largo sueño. Las luces brillaron con fuerza y luego volvieron a la normalidad. El panel pitó tres veces seguidas, una alegre melodía que sonaba obscena en ese momento.Las palmas de Maya seguían aplastadas contra el espejo, los dedos extendidos, dejando huellas sudorosas que bajaban por el cristal. Su reflejo la miraba: el rímel corrido bajo los ojos, los labios hinchados y rojos, el cabello convertido en un halo enredado alrededor de su rostro. Detrás de ella, Ethan estaba enterrado hasta el fondo, las caderas pegadas a su culo, la polla palpitando dentro de ella como si tuviera latido propio. Javier estaba a un lado, los pantalones bajados hasta los muslos, la mano envuelta alrededor de su miembro, acariciándose lentamente mientras observaba.La voz volvió a crepitar por el altavoz, metálica e irritada.—Ascensor 3, aquí mantenimiento. Hemos reiniciado el interruptor. ¿Están bien ahí dentro? Las puerta
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