Al terminar, dejó de prestar atención al desolado Daniel y corrió hacia el dormitorio para calmar al niño que se había despertado asustado.
Pero ni Irene ni yo esperábamos que Daniel entrara también. Observó al bebé en brazos de Irene y forzó una leve sonrisa.
—Es muy lindo, ¿ya le pusieron nombre?
—No hables tonterías. No te diré nada sobre Catalina.
Irene lo miró con desconfianza.
—¿No te da miedo que te odie por no haber ido a ver a Catalina en estos meses?
La voz de Daniel sonaba grave y car