55. Una mansión de millones
Sara Sandoval
El avión aterrizó sin contratiempos, pero lo que me dejó sin palabras fue la imagen frente a mis ojos una hora y media después. La carretera se abría hacia un horizonte de azul infinito, un mar tan claro, pero oscuro que parecía irreal, como un cuadro pintado con tonos turquesa y blanco.
—¿Riviera Maya? —susurré, sintiendo cómo mi corazón daba un salto. Giré hacia Ernesto, con la emoción marcada en la voz.
Él sonrió apenas, sin apartar la vista del camino.
—¿Primera vez?
Negué co