Cuando vio que Henri había terminado de abrir su corazón, Damián respiró hondo y decidió, por fin, hablar.
—Mira, muchacho… —comenzó, con la voz un poco ronca—. Tú sabes muy bien que, al principio, mis impresiones sobre ti eran las mejores posibles. Confiaba en ti. Confiaba lo suficiente como para n