XLVI. No me sueltes...
Así como ingresamos en paz por un momento a aquel sitio tal sentimiento de la misma manera nos envolvió, la serenidad que allí se sentía no tenía precedentes lo que la hacía extremadamente incierta.
— ¡Y ahora que Emma! — cuestionó aquel al encontrarse un tanto abrumado por la tranquilidad que se podía sentir, lo que le infundía una enorme desconfianza.
— No lo sé, por lo general una vez entras a la niebla esta te empuja gradualmente hasta el camino que según ella es adecuado para ti, o se a