37. Junto a la miseria
El sonido aturdió tanto, y lo único que se escuchaba era ese pitido roto en los oídos. Apenas pudo moverse, y aunque lo hiciera, miles de huesos se despedazaban con cada movimiento. Trozos de vidrios adheridos a su rostro, a su cuerpo, incluso, uno levemente incrustado en su estómago. No había nombre para el dolor. Y el sonido pitando en el oído seguía interminable.
Apenas pudo abrir los ojos, y en su asiento, su mirada de borrosa visión observó el vidrio del parabrisas completamente roto. No s