El príncipe Keith
El chirrido discordante de las ruedas de mi silla de ruedas contra el suelo de mármol pulido resonaba en el silencio asfixiante del pasillo. Sabía que la había fastidiado a lo grande. El rostro de Heather, marcado por el dolor que yo le había infligido, me ardía tras los párpados. Su ira silenciosa, mucho más potente que cualquier palabra gritada, me oprime el pecho. Ella nunca alzó la voz, ni a mí, ni a nadie, y yo, el supuesto príncipe, el hombre que decía preocuparse por el