Ignazio se deleitó con la vista de Luciana sobre su cama. Era la imagen de la belleza y seducción. Sus cabellos estaban esparcidos debajo de ella y sus labios hinchados. Tenía el vestido amontonado por encima de la rodilla y, aunque le encantaba como le quedaba, no podía esperar a quitárselo.
Se inclinó y rozó sus labios antes de llevarlos hacia su mentón.
—Te deseo —musitó y la besó.
Ella entreabrió la boca y él aprovechó para introducir su lengua. Sentía un hambre desenfrenado y nunca iba a