Pietro frunció el ceño.
—¿Dónde demonios se metieron? —preguntó Horatio desde el asiento de atrás.
Unos cien metros más adelante, la autopista se dividía en dos direcciones y no había rastro de la camioneta en la que se habían llevado a Ignazio y Luciana. Habían tenido que bajar la velocidad unos kilómetros atrás para que no los notaran.
Evaluó el lugar intentar encontrar algo, pero sin huellas era difícil saberlo. Un rastreador habría ayudado mucho, pero era un riesgo que no podían correr. Ner