Clarke llegó al vestíbulo de Blackwell a las diez y media con su asociado a su lado y una presentación revisada que a él y a dos colegas júnior les había llevado hasta las dos de la madrugada reconstruir desde cero.
La recepcionista recorrió con el dedo la lista impresa de visitantes, examinó el nombre de Clarke y miró a su asociado.
—Usted no está en la lista de visitantes autorizados para hoy, señor.
—Necesito cinco minutos con la señorita Grant —dijo Clarke—. Dígale que Clarke está aquí.
La