A la mañana siguiente, alrededor de las nueve.
En la cafetería, Adriana tenía una expresión atónita, sin color en el rostro, entregando las llaves del auto a Roxana, que estaba al otro lado.
Roxana tomó un sorbo de café, colapsando en la silla como si todo su espíritu hubiera sido drenado.
—Voy a resumirlo— dijo, con Adriana asintiendo.
—Te llevaste el albornoz de Omar.
—Sí.
—Y tu suegra lo vio.
—Sí.
Roxana tomó una respiración profunda y se cubrió la cara con las manos.
—Adriana.
—¿Sí?
—Si no p