La madrugada había cubierto París con una quietud extraña cuando las puertas de urgencias volvieron a abrirse de golpe. Los médicos avanzaban con rapidez alrededor de la camilla donde Jared Davenport permanecía inconsciente, conectado a diferentes equipos que registraban cada variación de sus signos vitales. La sangre había empapado parte de las vendas que cubrían su cuerpo y su respiración dependía, en buena medida, de la asistencia de las máquinas. Sebastián permanecía detrás del cristal, inm