Miranda Fletcher
El sol quemaba mi piel como si me castigara, como si supiera que dentro de mí ardía un infierno. Un incendio que no se apagaba. Un odio que me consumía como ácido. Salí de aquella maldita cafetería con pasos firmes, los tacones golpeando el suelo como martillazos. La rabia hacía temblar mis dedos, pero no de debilidad, sino de furia. De una furia limpia, cruda, sangrienta.
La gente me miraba, claro. Siempre miran. Tal vez por las lágrimas que caían, tal vez por mi andar tempes