El sol caía de lleno sobre los laterales del toldo verde que cubría las mesas externas del café, pero a Ethan no le importaba el calor. Sentado allí, con gafas oscuras y los dedos inquietos rodeando una taza aún intacta, parecía una estatua a punto de resquebrajarse. Había tensión en su postura, una rigidez contenida en los hombros, como si estuviera al borde de un abismo, de una verdad, de un final.
Miranda llegó pocos minutos después, impecable. El cabello suelto, los tacones altos resonando