17 de febrero de 1742
Catherine camina de un lado a otro como una fiera enjaulada. Los han encerrado en una celda oscura y sin ningún acceso a la luz solar. Lo único que ilumina el lugar es una pequeña antorcha que a penas y alcanza para mirar un par de metros al frente.
Arden, Cooke y Berry parecen estar igual de preocupados que ella, sin embargo, Catherine se desespera con cada minuto que pasa.
—¡Maldita sea! —reniega.
—No es tu culpa Cath, no lo sabías.
—No, pero debí saberlo. He condenado a