—¿Se quedó sentado allí? —preguntó Lana, incrédula.
—Sí… no debí decirle cómo me sentía. Me siento tan estúpida—dije, presionando el vestido tipo columna sobre mi cuerpo y revisándome en el espejo.
—Me alegra que estés de buen ánimo y hayas aceptadofinalmente acompañarme. Odio verte triste y apática —dijo, revisándose también frente al espejo.
—Tengo que empezar por algún lado, ¿no? Ugh, odio que después de toda una semana todavía no lo haya superado. La he cagado, Lana, y ahora lo extraño tant