Todavía estaba de pie en medio de la habitación del señor León con el camisón de seda granate en mis manos. Mis dedos temblaban mientras dejaba que la tela suave cayera de nuevo sobre la cama. La sombra de aquel hombre detrás del vidrio del baño hacía que mi corazón latiera con fuerza y sin control.
—Entra, Ana —su voz se escuchó detrás de la puerta.
Me acerqué a la puerta del baño con pasos pequeños. Empujé la puerta de madera de teca lentamente. El vapor caliente golpeó mi rostro de inmediato