Día tres.
Ya no podía más. Mi estómago se sentía como si lo atravesaran con puñaladas. La cabeza me daba vueltas cada vez que me ponía de pie. Mi cuerpo estaba tan débil que parecía que todos mis huesos hubieran sido reemplazados por algodón. Yacía en mi pequeña cama, mirando el techo agrietado, preguntándome si Leon realmente me dejaría morir aquí.
De repente, escuché el ruido de un automóvil entrando por la verja de la mansión.
Me obligué a levantarme. Mi cuerpo tambaleaba. Las paredes de la