A la mañana siguiente, una ambulancia vino a recogerme del pequeño hospital de la montaña. Me llevaron en camilla, con una manta fina cubriendo mi cuerpo que todavía se sentía destrozado. Enfermeras jóvenes se turnaban para revisar mi presión arterial, mi temperatura y los puntos de sutura allá abajo que aún dolían cada vez que me movía.
El viaje hasta la ciudad duró cuatro horas. Pasé la mayor parte del tiempo con los ojos cerrados, fingiendo dormir, aunque mi mente era un caos. El doctor Aldo