L. Llegó la hora
—¿Esa perra que está bien muerta? —se burló, aun sabiendo que tenía todas las de perder—. No hay venganza que valga la pena a algo tan insignificante...
Perdí todo el control en cuestión de segundos. La furia contenida de años, el odio que se había sembrado en mi corazón y esos deseos de destrozarlo con mis propias manos me hicieron actuar por sí solo. El primer puñetazo lo mandó directo al suelo y la sangre salió a cantidades de su nariz, antes de que le siguiera una cadena de golpes que apen