—Tienes sangre en los labios—.
—¿Por qué no me ayudas a limpiarla?— preguntó Stefan, mirándola fijamente a los ojos.
El rostro de Susan se tiñó de rojo.
—¿Por qué no te la limpias con la mano? Sería más fácil—.
—¿De quién es esa sangre?—
—Mía…— respondió Susan con cierta culpa, aunque ni ella misma sabía por qué se sentía así.
—Entonces la respuesta es obvia. Si es tu sangre la que está en mis labios, deberías limpiarla tú misma—.
A Susan le dio vergüenza hacerlo. Intentó retirar la mano, pero