¡Pum! Yelena arrojó al suelo el bolígrafo que tenía en la mano, tan enfurecida que hasta las comisuras de sus labios temblaban en ese momento.
—¡Ese descarado perezoso! ¿En qué demonios está soñando?
El hermoso rostro de Yelena estaba rojo de vergüenza y rabia, y su boca no paraba un instante de moverse.
—¿Yo, celosa? ¡Qué ridículo! Si todos los hombres del mundo murieran, aunque tuviera que buscar un mendigo en la calle o una mosca en un basurero, ¡nunca me fijaría en ese empleado tan arrogante