Dos hombres, uno alto y delgado y, otro uno gordo y bajo, se acercaron.
El hombre alto se rió maliciosamente y le dijo:
—Encantado de conocerte. Permíteme presentarme, me llamo Felipe.
El hombre bajito y regordete también sonrió y le dijo:
—En realidad, esta podría ser la última vez que nos veamos. Me llamo Pedro. Recuerda ese muy bien nombre, no vaya a ser que cuando llegue ese momento, ni si quiera sabes cómo moriste.
—¡¿Ustedes son... los enviados de mi hermano?! —exclamó Lucía, totalment