Valentino me lo propuso él.
No yo. Él.
Un martes por la mañana, con Aurora dormida en el moisés y los niños en el colegio y el apartamento en el silencio de las diez que era el silencio de cuando la logística del día ya estaba en marcha y lo que quedaba eran las horas propias.
—Creo que necesitas ir a Turín —dijo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque llevas semanas hablando de cosas que terminaron. La Carolina. Enzo. El juicio. El nombre. —Lo dijo con la calma de quien ha estado observando algo durante