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El viaje en avión fue bastante calmado, Jax se durmió a la hora y media de despegar, con la cabeza apoyada en mi hombro y la mano apretando mi muslo desnudo. No sabía qué era aquello que debía hacer nada más llegar a Nueva York, y cuando me pidió que guardara su móvil, no imaginé que empezara a vibrar sin parar; quería ver de qué iba todo aquello, pero el móvil tenía contraseña y en la pantalla d

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