Mundo ficciónIniciar sesiónRoberto Valente no era un hombre que aceptara la derrota sentado en un rincón. Mientras los camiones de mudanza empezaban a estacionarse frente a su mansión, él se encerró en su despacho privado. Aún le quedaba una última carta: una serie de patentes tecnológicas que, según él, eran el alma de Valente Corp.







