Horas más tarde, cuando Cassandra finalmente cruzó el umbral de su habitación en la mansión, lo único que deseaba era dejarse caer sobre el colchón y desaparecer. Quería que el sueño la arrastrara lejos, pero el descanso placentero estaba a kilómetros de distancia. La pesadilla viviente la seguía persiguiendo por los pasillos de su propia casa, un peso tan enorme que amenazaba con aplastarle las costillas.
Se tumbó en la cama, vestida, clavando la vista en el techo sin ver realmente nada. Su me