El nudo de la corbata de seda se cerró sobre su garganta, casi asfixiándolo. Frente al espejo del baño, Sebastian apoyó ambas manos sobre el lavabo de mármol. El agua fría aún le goteaba de la mandíbula. Levantó la vista y clavó sus ojos oscuros en su propio reflejo. Era un maldito cobarde.
El plan original de Jordan había sonado perfecto en medio del humo de aquel bar: seducirla, enamorarla, voltear el tablero y recuperar el control de su vida.
El corazón amenazaba con salírsele del pecho sol