El suspiro de Alexander se pudo escuchar en todo el despacho, pesado y cargado de una frialdad calculadora. Sandro, con los músculos en tensión y la sangre hirviendo por la impaciencia, dio un paso al frente, esperando la orden para desatar el infierno.
Pero Alexander negó con la cabeza, bajando lentamente la mano de su mandíbula. Sus ojos carentes de cualquier rastro de empatía, se clavaron en su hermano menor.
—No vamos a atacar la clínica, Sandro. Sería una estupidez —sentenció, con un tono