Daniela soltó un grito, se levantó como si hubiera recibido una descarga eléctrica y rápidamente recogió su teléfono.
—¡María! ¡Te has pasado! —me gritó furiosa.
Pero yo solo sonreí ligeramente y dije con falsa disculpa: —Solo fue un accidente. Le compraré otro café a la señorita Pérez y si el teléfono se dañó por el agua, también puedo pagarlo.
Yo sabía que a ella no le importaba un café o un teléfono, pero lo hice a propósito para molestarla.
Todos en la sala voltearon a mirarla, con expresion