Sentía lástima por él. Me dio cierta satisfacción cuando la jueza, tras dictar sentencia, le advirtió específicamente: —Acusado, esta es una sentencia definitiva de segunda instancia, no se permiten más apelaciones.
Antonio protestó inmediatamente: —¡Solicitaré una revisión del caso!
—Solicitud denegada, la sentencia entra en vigor hoy mismo. Se levanta la sesión —respondió la jueza tajantemente.
—¡No lo acepto, apelaré! —Antonio había perdido la razón; su rostro retorcido y feroz confirmaba los