Sonreí y pregunté con calma: —¿Quién dice que yo sabía? No tenía idea, solo vi que te gustaba el zumo y amablemente te di el mío que no había probado. Fue un gesto de buena voluntad.
—¡Eres... eres una víbora! —Claudia tartamudeó de rabia, y sin poder insultarme más, se volvió hacia Antonio—. ¡Y tú amas a esta mujer venenosa!
—¡Cállate! ¡Tú causaste esto y ahora quieres arrastrarme! ¡Eres una completa idiota!
—¡Lo hice por ti! ¿Crees que se me habría ocurrido algo así si no fuera porque estás ta