El silencio en la oficina del abuelo Félix era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. La luz de la mañana entraba por los ventanales, iluminando el rostro de Joaquín, que estaba sentado frente a su abuelo con el corazón latiéndole con fuerza. Diez minutos habían pasado desde que Joaquín le pidió a su abuelo que se sentara. Diez minutos de silencio absoluto. Diez minutos en los que el abuelo Félix había esperado pacientemente, con los brazos cruzados y la mirada fija en su nieto. Sus ojo