El hospital estaba envuelto en ese silencio particular que solo los pasillos de un centro médico pueden tener. Un silencio lleno de pasos apresurados, de carros de traslado que se deslizan sobre el linóleo, de máquinas que pitan rítmicamente, de murmullos bajos que se pierden en la distancia. Joaquín caminaba detrás de la camilla de su madre, con el corazón latiéndole con fuerza y las manos apretadas a los costados. Los nudillos se le habían puesto blancos de tanto apretar. Mara iba a su lado,