La oficina del abuelo Félix seguía sumida en una atmósfera de preocupación y desconcierto. Los documentos se acumulaban sobre el escritorio como testigos mudos de un imperio que se desmoronaba, cada hoja un recordatorio de los años de esfuerzo que se estaban desvaneciendo. El anciano estaba sentado detrás de su escritorio, con los codos apoyados sobre la madera y la cabeza entre las manos. El peso de los años se reflejaba en cada línea de su rostro, en cada pliegue de su piel, en la forma en qu