Capitulo 61. El precio del silencio.

No le dijo una sola palabra a su asistente. Solo abrió la puerta trasera del auto, ayudó a Bastián a subir al asiento infantil que, por alguna coincidencia o milagro, ya venía instalado en el coche, gracias a su efectivo y eficiente asistente y se sentó junto a él.

El niño miraba por la ventana, tranquilo, emocionado.

-- ¿A dónde vamos, papá? –

Papá.

Papá.

Sebastián sintió un nudo en la garganta.

-- Vamos a pasear un rato. ¿Quieres helado? –

-- ¡Sí! – gritó el pequeño con alegría.

-- ¿De chocol
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RufinaLa egoísta de Melisa jamás le mostró una foto del padre al niño. Qué mina más miserable.
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