La música en el antro retumbaba en el pecho de Elena como una arritmia. Las luces de neón barrían la pista en ráfagas de azul y fucsia, bañando al grupo en sombras eléctricas que deformaban sus rostros. Mientras los demás pedían rondas de tragos en la barra que básicamente eran vasos de plástico llenos de mezclas baratas para calentarse el cuerpo, y se perdían en el ritmo frenético, Elena se mantenía al margen, con la espalda pegada a una columna, observando la escena con fascinación y temor de