Elena miraba su reflejo en el espejo de cuerpo entero con ansiedad y culpa que le revolvía el estómago. Tenía la cama cubierta de faldas, vaqueros y blusas, y el teléfono apretado con fuerza en la mano derecha. Esa invitación seguía jodiéndole la cabeza, y la verdad era que no quería asistir a ese club a verlos tocar. Finalmente, con un suspiro pesado, marcó el número de Leo.
—No voy a ir, Leo —soltó en cuanto escuchó el clic de la llamada atendida—. Esto está llegando demasiado lejos y lo sabe